Cuando dejas de gustarle a todo el mundo, empiezas a gustarte a ti mismo
Hay un momento muy preciso en la vida de cada persona en el que ocurre algo extraño. No es ruidoso. No tiene efectos especiales. No llega con un anuncio oficial. Es un momento silencioso, a menudo acompañado de una ligera incomodidad. Es el momento en el que dejas de gustarle a todo el mundo. Al principio duele. Porque no gustarle a todos se vive como un fracaso personal. Como si algo dentro de nosotros se hubiera roto. Como si hubiéramos elegido el tono equivocado, la palabra equivocada, el camino equivocado. Y sin embargo, casi siempre, es exactamente lo contrario: es la primera vez que dejamos de traicionarnos.Vivimos inmersos en una cultura que premia la aprobación y castiga la autenticidad. Desde pequeños nos enseñan que ser amados significa ser complacientes, disponibles, comprensivos, adaptables. “Sé amable”, “no decepciones”, “no hagas daño”, “no causes problemas”. Crecemos así, entrenándonos para leer las expectativas de los demás mejor que nuestras propias emociones. Nos volvemos excelentes para agradar. Y pésimos para sentirnos. Gustarle a todo el mundo tiene un precio altísimo, aunque nadie lo diga claramente. Es el precio de la renuncia. Renunciar a las propias opiniones, a los propios límites, al propio tiempo. Renunciar a decir “no” cuando sería la única respuesta honesta. Renunciar a decir “esto no es para mí”. Renunciar, sobre todo, a decir “yo”. Quien intenta gustarle a todos vive en un estado permanente de negociación con el mundo. Cada decisión pasa primero por el filtro: “¿Cómo será vista?”. Cada palabra se mide para no molestar. Cada silencio se llena por miedo a decepcionar. Y poco a poco, la vida se convierte en una actuación bien lograda, pero cada vez más lejos de casa. La paradoja es que cuanto más intentamos agradar, menos nos aman de verdad. Porque lo que le gusta a todo el mundo es, por definición, indistinto. No tiene aristas, no tiene una voz propia, no tiene dirección. Es una versión domesticada del ser humano. Y nadie se enamora de algo que no vibra. Cuando dejas de gustarle a todo el mundo, ocurren tres cosas. La primera es que alguien se aleja. A veces con ruido, a veces en silencio. Personas acostumbradas a tu disponibilidad constante tienen dificultad para aceptar tus nuevos límites. No porque te hayas vuelto peor, sino porque te has vuelto menos manipulable. Y ahí nace la confusión: confundimos la pérdida de aprobación con la pérdida de valor. La segunda cosa es que te etiquetan. Egoísta. Cambiado. Frío. Desagradecido. Son palabras que llegan puntualmente cuando dejas de sacrificarte. Pero quienes te acusan, muchas veces, no están hablando de ti: están hablando del vacío que sienten ahora que ya no lo llenas. La tercera cosa, la más importante, es que empiezas a sentirte. No de inmediato, ni de forma eufórica. Al principio solo hay espacio. Un espacio nuevo, a veces incómodo, donde antes había obligaciones y automatismos. Es en ese espacio donde vuelves a hacerte preguntas reales: “¿Qué quiero de verdad?”, “¿Qué me hace bien?”, “¿Dónde me estoy forzando?”. Según la filosofía Sempreunagioia, la alegría no nace de la aprobación externa, sino de la alineación interna: cuando lo que piensas, lo que sientes y lo que haces avanzan en la misma dirección. No es una alegría ruidosa ni una felicidad de postal. Es una alegría tranquila y sólida, que no necesita ser defendida. Dejar de gustarle a todo el mundo no significa volverse arrogante o insensible. Significa elegir la sinceridad en lugar de la complacencia. Significa respetarse lo suficiente como para dejar de usar el amor como moneda de cambio. Significa entender que decir “sí” a todos, muchas veces, equivale a decirse “no” a uno mismo. Hay un miedo profundo que nos frena: el miedo a quedarnos solos. Pero la soledad más peligrosa no es la que llega cuando alguien se va. Es la que nace cuando nos quedamos, pero ya no somos nosotros mismos. Estar rodeados de personas que aprecian una versión falsa de nosotros es una soledad ruidosa, pero devastadora. Cuando dejas de gustarle a todo el mundo, empiezas a atraer relaciones diferentes. Menos numerosas, quizás. Pero más verdaderas. Personas que no te piden que te reduzcas, sino que existas. Que no se asustan cuando dices “hoy no”. Que no te aman por lo que haces por ellas, sino por quien eres con ellas. La alegría auténtica no necesita consenso unánime. Necesita coherencia. Necesita verdad. Necesita valentía: la valentía de decepcionar a alguien para no abandonarte a ti mismo. Y quizá este sea el paso más difícil, pero también el más liberador: aceptar que no naciste para gustarle a todo el mundo. Naciste para vivir. Y cuando empiezas a hacerlo de verdad, descubres algo sorprendente: no gustarle a todo el mundo no te hace menos digno de amor. Te hace, por fin, real.
Sempreunagioia









